Primer secretario de Estado de origen hispano, Marco Rubio vive un momento crucial de su carrera política desde la captura del líder venezolano Nicolás Maduro: dirigir a distancia los destinos de uno de los países más complejos de la región.
Cuando convocó a la prensa para reivindicar el ataque en Venezuela, el presidente Donald Trump se dirigió significativamente hacia Rubio un par de veces para que explicara los próximos pasos a dar.
Una carga más para este político de 54 años, que además de ser el jefe de la diplomacia estadounidense es consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, donde pasa a menudo más tiempo que en el propio Departamento de Estado.
– Su batalla contra el izquierdismo –
Diplomáticos y expertos latinoamericanos en Washington conceden en privado que Rubio domina como pocos los asuntos de la región, tras más de diez años ocupando cargos de política exterior e inteligencia en el Senado.
Su batalla siempre fue imponer una agenda agresiva contra lo que considera una excesiva amenaza izquierdista en América Latina, dominada durante lustros por Caracas en alianza con La Habana y con aliados menores, como la Nicaragua del matrimonio Ortega o la Bolivia de Evo Morales.
El momento llegó con Trump y su visión populista y brutal de las relaciones exteriores.
La reciente estrategia de seguridad nacional, que dedica cuatro páginas a América Latina, es la prueba esencial de ese cambio.
«Si estás en el punto de mira de este gobierno, más te vale estar preocupado. Los cubanos no solo perdieron un montón de petróleo, sino que ahora Rubio quizás está orientando su mirada hacia ellos», explicó esta semana Emily Harding, vicepresidenta del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales.
Rubio se cuida en público en concederle todo el crédito a Trump, el presidente que lo humilló repetidamente en las primarias republicanas en 2016, pero que ahora, fiel a su estilo impredecible, le mantiene como uno de sus principales consejeros.
«Todo el mundo habla en Washington, pero nadie actúa como este presidente», clama Rubio.
Tras su derrota en 2016, Rubio emprendió una travesía del desierto que le permitió familiarizarse con todos los dosieres de la política exterior estadounidense.
Cuando Trump le pidió que efectuara una profunda remodelación del Departamento de Estado, empezando por la ayuda exterior, Rubio no dudó en usar las tijeras.
Los expertos provenientes de administraciones demócratas pasadas critican el supuesto arribismo de Rubio, que a su juicio mantiene intactas sus ambiciones presidenciales.
– Romper los moldes –
Pero Rubio no teme romper los moldes, como cuando celebró una rueda de prensa casi íntegramente en español, a finales de 2025 en el Departamento de Estado.
Y cuando le preguntan si se va a presentar como candidato republicano en 2028, una y otra vez contesta que la decisión ya está tomada, y que el candidato será el vicepresidente JD Vance.
En algo que no parece transigir es en exigir una transición política en Cuba, el país que abandonaron sus padres antes de la Revolución de 1959, precisamente para huir de la ausencia de democracia.
«Marco no era la clase de persona que violaría sus principios» al llegar a la Casa Blanca, describió la jefa de gabinete de Trump, Susie Wile, en un artículo en Vanity Fair que causó olas en Washington hace un mes por su descarnada visión del gobierno Trump.
Pero antes de lograr un cambio en Cuba que doce administraciones presidenciales no consiguieron, tiene que enfrentarse a su desafío más decisivo hasta ahora: reconducir Venezuela, un país enorme y casi quebrado económicamente.
Rubio «ve una oportunidad y está dispuesto a renunciar a algunas de sus posiciones sobre los derechos humanos, la democracia y el papel de Estados Unidos como garante de la estabilidad global, en la búsqueda del premio de destronar a Maduro y, potencialmente, el control comunista de Cuba», considera Brett Burne, un exdiplomático que trabajó en Venezuela.
Un ex alto cargo republicano hispano que trabajó durante años en el Congreso junto a Rubio difiere de esa visión: precisamente el objetivo ansiado es devolver a Cuba al rumbo de la democracia y el respeto a los derechos humanos, y eso pasa antes por Caracas, pero hay que intentarlo de forma pacífica, si es posible.
«Al fin del día, que Rubio pudiera convencer al presidente de tomar este riesgo, esta operación [militar], eso es monumental. Ahora bien, las elecciones [en Venezuela] no van ser de la noche a la mañana. Ahora toca ver si la opción del presidente es válida», explica esta fuente bajo anonimato.
© Agence France-Presse



