Como el Rally Dakar en el que participará desde el 31 de diciembre, el camino de la piloto uruguaya Patricia Pita hasta una de las competencias míticas del automovilismo estuvo lleno de desafíos que forjaron una «garra» a la que apuesta para enfrentarse al desierto saudí.

«Hay un momento justo en el que no podés acelerar ni frenar, y tenés que dejar que el auto, con su propio peso, caiga», sin saber que habrá más allá del filón de arena que marca la cima de la duna.

Patricia Pita no para de gesticular mientras trata afanosamente de encontrar las palabras para explicar con exactitud la sensación adrenalínica que le provoca el no saber qué habrá más allá del próximo obstáculo que le depare cada etapa que recorra en su nueva vida de piloto.

«Nueva» porque cambiaron los rumbos, los vehículos y los objetivos.

Pita fue la primera mujer en correr rally profesionalmente en su país, Uruguay, una nación de tres millones y medio de habitantes sin territorios escarpados, sin precipicios, y mucho menos arenas desérticas.

Ahora, a sus 34 años, se estrenará el sábado en su primer Dakar en Arabia Saudita.

Con 10 años de carreras a sus espaldas, será la primera mujer piloto uruguaya en disputar el que se considera el rally más exigente del planeta, en su edición número 45. Durante 15 días y 8.449 km de competencia, desde el mar Rojo hasta Damman, más de 800 pilotos y copilotos se enfrentarán a la incertidumbre de manejar en un terreno inhóspito y cambiante.

«Esa sensación de vencer tus propios miedos la tenés 1.000 veces» en este tipo de rally, relata Pita, que conoció su nuevo bólido este año en Atacama, Bolivia.

Su historia se asemeja a la de muchos pilotos independientes que sueñan con el desafío máximo que representa esta competencia: tratar de reunir el dinero para entrar en la carrera, conseguir un vehículo confiable, entrenarse física y mentalmente para una prueba que, en el fondo, es de resistencia.

De «vencerte a vos, y de vencer el desierto», de eso se trata, resume.

– Cuestión de «garra» –

Pita creció rodeada de «fierros», como se llama en el Río de la Plata a los autos, sean o no de carrera. Su padre es mecánico y fue piloto de rally.

Amante de los deportes, el automovilismo es su pasión. Pero «cuando era chica no tuve una mujer (piloto) a la que admirar. No tenía una mujer referente», que es «la manera de que una niña sueñe». Por eso es «una responsabilidad muy linda (ir) allanando el camino» a otras uruguayas que quieran ingresar a los circuitos profesionales, explica.

Pita correrá con un vehículo todoterreno Canam X3 Maverick, una suerte de «arenero» especialmente adaptado para terrenos escarpados. Es una máquina de «mucha potencia, más que de velocidad final», topeada a 145 km/h por el reglamento de la competencia.

Puede «pasar por lugares imposibles», dice antes de explicar que la cabina de pilotos es estrecha, que viajan pegados hombro con hombro, o que el espacio para llevar provisiones y piezas de recambio para las inevitables roturas que impondrá el camino es escaso.

Los repuestos van atados a la estructura y ella y su copiloto, el argentino Rubén García, deberán arreglárselas solos con muchas de las dificultades mecánicas que sobrevengan.

«Entrené paleando arena» para saber cómo hacer esos movimientos sin lesiones, cuenta Pita. Además, un mecánico local le enseñó algunos trucos para poder desmontar piezas clave del vehículo en caso de desperfectos. Su entrenamiento incluyó también sesiones con un psicólogo deportivo, con el que simularon situaciones de estrés en competencia.

Pita parece haber dejado poco al azar en su preparación, pero sabe que si algo caracteriza al Dakar, es la imprevisibilidad. Y, aunque no sepa que habrá más allá de la primera duna, cree que tiene la «garra» suficiente para probarse otra vez, por primera vez.

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