Lo que comenzó como una fuerte amenaza durante la crisis del COVID-19, hoy es un hecho consumado. Este jueves, Estados Unidos hizo oficial su salida de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerrando un capítulo de casi 80 años de colaboración. La decisión, impulsada por el presidente Donald Trump desde el primer día de su regreso a la Casa Blanca, marca un antes y un después en cómo se manejarán las emergencias sanitarias en el futuro.
¿Por qué se llegó a este punto?
La postura de Washington es simple: desconfianza. El gobierno estadounidense sostiene que la OMS no estuvo a la altura cuando más se le necesitaba. Entre las principales quejas que motivaron el portazo definitivo destacan:
Falta de reflejos: Critican que el organismo no actuó con rapidez ni transparencia cuando apareció el coronavirus.
Influencia política: Trump ha señalado repetidamente que la organización está demasiado influenciada por China, a pesar de que EE. UU. era, hasta hoy, quien más dinero aportaba.
Cero autocrítica: Según funcionarios del Departamento de Salud (HHS), la OMS se negó a realizar las reformas que Washington exigía para seguir financiándolos.
El polémico tema del dinero
Aquí es donde la situación se pone tensa. Las reglas dicen que para irse, un país debe avisar con un año de antelación y dejar sus cuentas en cero. Sin embargo, Estados Unidos se retira debiendo cerca de 260 millones de dólares.
¿Se va a pagar esa deuda? Todo apunta a que no. Desde la Casa Blanca aseguran que «el pueblo estadounidense ya ha pagado suficiente» y argumentan que no hay ninguna ley que los obligue a soltar ese dinero antes de marcharse. Para la administración actual, el trato era simple: «Les pagamos para que nos protegieran, nos fallaron y ahora no hay motivo para seguir enviando cheques».



